La realidad (el mundo, el universo) no es más que una metáfora.
Hace algunos meses terminé de leer un libro muy interesante, titulado ¿Por qué el materialismo es un embuste?, del filósofo idealista Bernardo Kastrup. En general, el libro trata conceptos idealistas que son bastante conocidos desde hace siglos y, sin decirlo explícitamente, analiza también ideas profundamente arraigadas en diversas tradiciones y filosofías orientales. Bernardo Kastrup, de manera muy visual, expone con diferentes ejemplos una teoría filosófica sobre los fundamentos de la realidad.
Más allá de que trata de un libro altamente recomendable si te interesan estos temas (sobre los cuales ya he hablado en diferentes ocasiones en esta página), he querido hacer esta entrada para mostrar dos breves textos que, desde perspectivas diferentes (filosófica y literaria), resuenan conjuntamente a partir de una misma idea: la realidad que observamos y que percibimos es una metáfora. El primero de ellos, que expongo a continuación, lo he extraído del propio libro de Bernardo Kastrup (página 271. Editorial Atalanta):
Sí. Lo indescriptible se hace -o se revela a sí mismo- a través de los símbolos transitorios de la vida. Piensa en la doble hélice de ADN que se abraza a sí misma; el mágico colapso de dualidades durante el acto sexual; el derretimiento de partes propias en forma de lágrimas; la misteriosa puerta de los ojos; el autosacrificio vivificante de la lactancia materna; el poder fáustico de la tecnología; la extraña escisión de la experiencia empírica en cinco sentidos diferentes; el milagro del nacimiento y la finalidad de la muerte. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué están tratando de evocar estas imágenes por debajo de sus pedestres apariencias literales? No son fenómenos «precisamente así», sino que representan algo inefable, algo que no se puede transmitir de ningún otro modo que a través de la metáfora que llamamos nuestra realidad cotidiana.
Estoy convencido de que el fundamento último de la realidad es inefable: no puede ser descrito ni mencionado; ni siquiera puede ser pensado. (No es el objetivo de esta entrada tratar este tema en particular; hay otras en las que ya hablo sobre esta cuestión de algún modo u otro.) La realidad que observamos, no obstante, es culturalmente etiquetada por nuestra mente con términos y palabras. Pero esta ficcionada división alude siempre a algo que, insisto, es inefable, algo que solo puede ser percibido desde dentro, ¡porque nosotros mismos (y toda la realidad en su conjunto) somos en esencia aquello que no puede ser mencionado!
En referencia a esto último, quiero mencionar a Menocchio, un molinero de finales del siglo XVI que fue acusado de herejía en el Norte de Italia por el Santo Oficio. Su cosmovisión y sus palabras fueron recogidas en un magnífico libro titulado El queso y los gusanos: «¿Qué creéis que es Dios? Todo lo que se ve es Dios […]. El cielo, la tierra el mar, aire, abismo e infierno, todo es Dios». Proponiendo algo muy similar, pero haciéndolo desde la perspectiva científica actual, el prestigioso Erwin Schrödinger aseguró: «Solo hay una cosa, y lo que parece pluralidad es meramente una serie de aspectos diversos de lo mismo, producido por un engaño».
Una metáfora es una figura literaria que, mencionando una cosa, alude en última instancia a otra. Cualquier elemento de la realidad que intentamos captar, cualquier concepto o palabra que empleamos para designar una parte de la realidad no deja de ser, en esencia, una metáfora a través de la cual designamos aquello que no puede ser mencionado.
El segundo texto que quiero traer a colación es mío. Lo escribí hace más de diez años y pertenece a mi libro Piel de hojalata. Es un texto muy literario que, básicamente, hace alusión directa a la misma idea que propone Bernardo Kastrup: la realidad que percibimos es una metáfora de algo «mayor» que, en última instancia, no dejamos de ser nosotros mismos y el universo en su totalidad:
EL FARO
¡Aviso a navegantes!
Las apariencias engañan.
«Silencioso gigante colosal; regio vigilante del horizonte, que con su luz distante, desde el monte, guía al navegante en el temporal. Acompaña galante, hasta el final, su alma jadeante, como Caronte.
Brillante cuerno de rinoceronte; elegante saeta vertical.
Ni cientos de millones de cantares honrarte pueden, faro que ilumina las miles de aguas de los siete mares. Con determinación en tu rutina, que no haya náufrago que desampares.
Luz de los marineros, luz divina…»
Tras estas líneas se esconden, en efecto, los versos de un soneto; pero las cosas no siempre son lo que a simple vista parecen. Alguien dijo, muy poético, que el mundo está tejido con hilos de una realidad metafórica; y otro alguien solo dijo que no es oro todo lo que reluce.
Quien sí está hecho de oro, átomo por átomo hasta su última metálica célula, es Darwin; por fuera no se asemeja, desde luego que no, a lo que por dentro oculta. Al igual que una radiografía, cada vez que aquella luz rastreadora toca su piel, la hojalata —esa rudimentaria hojalata de la que aun así farolea— muestra su verdadero linaje, dando paso a una deslumbrante armadura dorada que es, sin duda, la de un príncipe.
