PARMÉNIDES DE ELEA (EL FILÓSOFO) Y HUGH EVERETT (EL CIENTÍFICO): DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA

Hugh Everett (1930-1982), el físico que propuso la extraña y célebre teoría de los «Muchos mundos», no tiene, aparentemente, nada que ver con la filosofía de Parménides (siglo V a.C). Sin embargo, lo que propone el filósofo griego es, de manera indirecta, tremendamente similar a la hipótesis de Everett: aquella que sugiere que vivimos en infinitas realidades paralelas donde todo lo que puede suceder, sucede. Desde mi punto de vista, por muy estrambótica que esta conjetura pueda parecer, es también la más plausible acerca de la realidad en la que vivimos. Si no has leído el artículo en el que expongo algunas de estas ideas, puedes pinchar aquí para hacerlo: LEER AQUÍ. Sin duda te recomiendo que lo hagas antes de continuar con este texto de Parménides y Everett.

Este artículo ha sido publicado previamente en Acalanda Magazine (acalanda.com)


Hugh Everett formuló por primera vez su célebre interpretación de los «Muchos mundos» en 1957. Dicha propuesta intenta solucionar el problema del colapso cuántico. Como probablemente sabrás, atendiendo a la dualidad onda-partícula, la ciencia nos dice que, cuando observamos la realidad, el mundo colapsa en un estado determinado (el que percibimos), pero que antes de dicha percepción la realidad no es nada en concreto, sino que existe en un estado en el que coexisten múltiples probabilidades. La cuestión que cabría preguntarse es por qué los hechos del mundo que se presentan ante nuestros ojos son precisamente los que son: ¿por qué un acontecimiento particular ocurre exactamente de una manera y no de cualquier otra? Al fin y al cabo, antes de que llevásemos a cabo una observación, los fenómenos solo existían en un estado probabilístico. De ahí ese famoso debate sobre el árbol y el bosque: ¿puede un árbol en el bosque caer verdaderamente si no hay nadie allí para percibir dicha caída?

En definitiva, el físico Hugh Everett propuso que el mundo que observamos (aquel en el que colapsa la función de onda) es simplemente uno más de los infinitos mundos paralelos que existen. Es decir, todos siguen existiendo de manera independiente, pero nosotros solo podemos acceder a uno de ellos: el nuestro. Los otros no han desaparecido, no son irreales; de hecho, son tan reales como el nuestro, pero no accedemos a ellos porque (¡ojo al dato!) son nuestros yos paralelos los que están “allí”.
A pesar de la gran popularidad que tiene esta hipótesis de Everett, es obvio de que se trata de una idea muy especulativa. No obstante, como ya he insinuado con anterioridad (y también en diversos artículos), para mí es casi obligatorio que esta característica de la realidad sea completamente cierta. (Dejo aquí nuevamente el texto en el que expongo mi reflexión: «¿Y si te asegurasen que ya has vivido tu vida infinitas veces?». Ahora bien, ¿qué tiene que ver la hipótesis de Everett con la filosofía de Parménides?

Parménides de Elea, en ocasiones, es definido como un filósofo que propone razonamientos un tanto obvios. Esta aparente sencillez, por el contrario, desde mi punto de vista esconde una grandísima verdad que encaja perfectamente con la extravagancia de los «Muchos mundos».

De manera similar a algunos principios de la doctrina Advaita Vedanta de los hindúes, Parménides sugiere en su filosofía que «el Ser es y no es posible que no sea; el no-ser no es y es necesario que no sea». Este axioma es idéntico a lo que ya expliqué sobre el SER y la NADA en mi artículo anteriormente mencionado (Leer aquí). Para Parménides, en definitiva, el cambio no existe. La realidad es una y simplemente ES, y esta cualidad de SER le impide NO SER. ¿Por qué algo que ES no puede llegar a NO SER? Para obtener una respuesta puedes… leer mi artículo (soy pesado, sí) o puedes prestar atención al filósofo griego, quien más o menos proponía que el SER no tiene opuesto, y que por tanto nunca puede llegar a convertirse en algo distinto a ese hecho evidente de que ES. Es decir: el SER es. Punto.

Decir que el SER es y que nunca dejará de SER implica directamente que el SER es eterno o atemporal (en realidad no es lo mismo, pero no voy a complicar las cosas), y esto, si lo piensas un momento, significa que todo lo que pueda suceder acabará sucediendo irremisiblemente. ¿Te suena de algo esta conclusión? ¡Correcto: se trata exactamente de la misma hipótesis que proponen las ideas de Everett!

Obviamente sería posible extenderse mucho más en este tema tan fascinante. Me conformo con que hayas llegado hasta aquí y tengas la sensación de haber leído algo interesante que no conocías.


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Björn Blanca van Goch

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