LA LEYENDA DEL GOLEM DE PRAGA Y EL (MEJOR) POEMA DE BORGES.

Muchos afirman que El Golem es probablemente el mejor poema de Jorge Luis Borges (1899-1986). En el prólogo que redactó para un volumen que recopila toda su poesía, él mismo aseguraba que, si tuviese que elegir cinco poemas que le sobreviviesen, El Golem sería uno de ellos. ¿Quieres conocer los orígenes de la leyenda hebrea del Golem y leer los versos del escritor argentino?

Este artículo ha sido publicado previamente en Acalanda Magazine (acalanda.com)

Nadie podrá leer jamás todas las obras de todos los autores que alguna vez han formado parte de la historia del ser humano, pero, si mis intuiciones no son erróneas, leer un solo libro (cualquiera, el que sea) equivale a haberlos leído todos, incluidos aquellos que ya han desaparecido para siempre y aquellos que ni siquiera han sido escritos todavía (estoy seguro de que a Borges no le habría disgustado esta idea). El razonamiento es similar al que proponen algunos místicos y filósofos cuando afirman que el simple hecho de mirar aquello que tenemos delante de nuestros ojos es, en realidad, estar mirando en ese instante todo el universo. Jorge Luis Borges es sin duda uno de mis tres escritores favoritos. Otro de esos puestos está reservado a Juan Ramón Jiménez; el último… (déjame que lo piense).

Como ya he dicho anteriormente, Borges, en un prólogo que escribió para un volumen que compila toda su obra poética, explicó que El Golem es uno de sus poemas más logrados. Su inseparable amigo Bioy Casares aventuraba que de hecho era el mejor. He tenido la oportunidad de leer sus 13 libros de poesía y, aunque hay algunos versos (no tan famosos) que me han atraído enormemente, no es menos cierto que aquellos que componen el texto de El Golem son sin duda de los más interesantes. Pertenecen a su libro El otro, el mismo (1964). Quizá no se trate solo del poema en sí, sino que son también las fantásticas leyendas que rodean a dicha criatura las que ayudan, de antemano, a que el lector comience a palpar la fuerza de sus versos incluso antes de haber comenzado a estudiarlos.

Tradicionalmente, un golem es una criatura hecha de barro, de madera, de carne, de piedra (o de cualquier otro material) que ha recibido el don de la vida gracias a la intervención del hombre. La leyenda tiene sus orígenes en la mitología judía y el folclore medieval. Aunque existen multitud de variantes y posibilidades en torno a esta idea, el poema de Borges está basado concretamente en la historia del golem “humano” creado por un rabino de Praga, Judá León (Judah Loew), quien logró insuflarle el hálito vital pronunciando (tras una ardua búsqueda) la Palabra necesaria para hacerlo. Si uno se fija bien, este concepto trae a la memoria ese texto provocativo que dice «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Asimismo, prestando atención a esta frase bíblica podemos entender fácilmente esta otra que redactó Borges en referencia a su propia composición lírica: «El Golem es, al rabino que lo creó, lo que el hombre es a Dios; y es, también, lo que el poema es al poeta».
Sin más palabrería, dejo aquí el texto de Borges, Su Creación:


EL GOLEM

Si (como afirma el griego en el Crátilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores,
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
Esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?


¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?


En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?


[La imagen del artículo forma parte de una de las ilustraciones que realizó el dibujante Hugo Steiner (1880-1945) sobre la leyenda del golem de su ciudad natal, Praga.]


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Björn Blanca van Goch

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